Viajar siempre fue mi sueño desde niña. Soñaba con conocer el mundo, con descubrir lugares nuevos y sentirme libre. Pero la verdad es que nunca imaginé hacerlo sola. Yo era de esas personas que siempre estaba rodeada de amigos, familia o trabajo, y la idea de estar conmigo misma me daba miedo.
En 2022, a mis 26 años, decidí que era ahora o nunca. Si quería cumplir ese sueño, tenía que dar el primer paso, aunque fuera con miedo. Así comenzó mi primera experiencia viajando sola: un viaje a Punta del Este, Uruguay, un destino seguro y relativamente cerca de Buenos Aires, donde vivo.
¿Cómo empezó todo?
El viaje en sí fue sencillo: tomé el Buquebus desde Buenos Aires hasta Colonia, y luego un bus directo a Punta del Este. Fueron unas seis horas en total, bastante tranquilas.
Pero el verdadero reto empezó cuando llegué.
Me di cuenta de que, a pesar de ser muy planificadora, había olvidado cosas básicas:
-
No tenía una tarjeta SIM para usar internet.
No llevaba un adaptador para mi computadora, que además es mi herramienta de trabajo como diseñadora gráfica.
-
No había organizado bien los gastos y llegué muerta de hambre, sin saber dónde comer sin salirme del presupuesto.
Ese primer día lo recuerdo caótico. Caminé sin GPS buscando dónde comprar un adaptador, casi a ciegas, y hasta pensé: “¿Será que viajar sola no es para mí?”.
El peso de la soledad
Lo más duro no fueron los problemas prácticos: fue enfrentarme a la soledad.
Esa primera noche, después de ver el atardecer en Playa Mansa (que sí, es increíble), regresé al hostel y me sentí devastada. Escribí en mi diario llorando, pensando que había cometido un error y que no podría seguir viajando sola.
Aprendiendo poco a poco
Al día siguiente, las cosas empezaron a mejorar. Conocí a otras viajeras en el hostel: una polaca con la que nos comunicábamos usando el traductor y una argentina con la que terminé saliendo a un boliche frente al mar. Fue un alivio sentir que no estaba completamente sola, que aún viajando sola podía hacer amistades inesperadas.
También aprendí que cosas tan simples como ir al supermercado podían ser un reto. Nunca lo había hecho sola, y recuerdo llorar en medio de las góndolas sin saber qué comprar. Puede sonar exagerado, pero fue un choque muy fuerte.
El gran cambio con el tiempo
Lo interesante es que, con cada viaje, todo fue cambiando. En mi segundo viaje sola, aunque seguí teniendo miedos, me sentí más preparada. Y en el tercer viaje… todo fue distinto.
Ya no me sentía sola, sino libre. Fue como descubrir una nueva versión de mí misma: una Irene capaz de tomar decisiones, de resolver problemas y de disfrutar su propia compañía.
Ese fue el momento en el que entendí que viajar sola no es estar aislada, es abrirse al mundo desde otro lugar.
Viajar sola no fue fácil al principio. Lloré, me frustré y hasta pensé en renunciar. Pero también descubrí que los sueños de niña a veces se cumplen cuando más miedo te da dar el paso.
Hoy puedo decir que esa primera experiencia viajando sola cambió mi vida. Me enseñó que no necesito a nadie más para atreverme y que el mundo está ahí, esperando a que lo viva a mi manera.
Si estás dudando en hacerlo, déjame decirte algo: el primer viaje puede doler, el segundo puede costar, pero el tercero te puede cambiar para siempre.





