Desde niña siempre soñé con viajar. Era ese deseo que me acompañaba en silencio, pensando en los lugares que quería conocer y en las historias que algún día viviría. Nunca imaginé que uno de esos viajes, sola y en medio de la Patagonia, me enseñaría tanto sobre mí misma. El Chaltén, un pequeño pueblo al sur de Argentina, terminó siendo mucho más que un destino: fue un punto de quiebre en mi vida.
Un lugar que no estaba en mi mapa
Cuando pensaba en viajar por Argentina, los nombres que más sonaban eran Bariloche, Ushuaia, las Cataratas de Iguazú o El Calafate. El Chaltén, en cambio, no estaba entre mis prioridades. Escuchaba que era “la capital nacional del trekking” y que mucha gente lo recomendaba, pero no era el sitio que más me llamaba.
Aun así, cuando viajé a El Calafate, me animé a visitarlo. Y fue la mejor decisión.
El miedo antes de empezar
Nunca había hecho trekking en serio. Me fui con lo que tenía: un jean, una chaqueta y mi bolso de siempre. Y claro, cuando leí que la caminata más famosa, la de Laguna de los Tres, podía durar hasta 9 horas, me entró un miedo enorme. Pensaba: ¿cómo voy a hacerlo yo sola?, ¿y si me pasa algo?
Lo cierto es que todo estaba en mi cabeza. El camino estaba señalizado, había gente de todas partes del mundo y, lejos de sentirme sola, encontré compañía en cada paso. Viajeros que saludaban, que daban ánimo, que compartían consejos… y poco a poco entendí que mi miedo se estaba transformando en otra cosa.
El momento que lo cambió todo
Llegar al mirador y ver el Fitz Roy frente a mí fue como un golpe de realidad y de calma al mismo tiempo. No era solo la montaña, era darme cuenta de que sí podía hacerlo. Esa sensación de fuerza, de libertad y de conexión conmigo misma fue algo nuevo. En ese instante entendí que la soledad no siempre es vacía, a veces es el espacio perfecto para encontrarte.
No quiero que pienses que tienes que viajar hasta El Chaltén para vivir lo mismo. Este lugar fue especial para mí, pero cada persona tiene su espacio en el mundo donde algo se enciende por dentro. Puede ser una ciudad, una playa, una caminata corta o incluso un rincón cerca de casa.
La clave está en animarte a salir de la rutina, a probar lo que nunca pensaste que harías, y darte la oportunidad de escucharte sin miedo.
La libertad que sentí en ese viaje no estaba en la montaña, estaba en mí. Solo necesitaba el momento y el lugar para darme cuenta.





